Antes de que el cine contara historias, una máquina salió a mirar el mundo.
Los hermanos Lumière filmaron fábricas al atardecer, la llegada de un tren, una mesa familiar, el almuerzo de un bebé. Nada extraordinario. Y, sin embargo, todo lo era.
Animaciclo nace de ese primer asombro.
Una señal de tráfico cuenta una fábula.
Una piedra se despereza.
Una persiana se abre sobre un teatrillo.
Frente a una ciudad saturada de pantallas, Animaciclo suelta imágenes que llegan en bicicleta y se posan como luciérnagas sobre aquello que no solemos mirar: una esquina, una grieta. Los Hermanos Luciérnagas trabajan con luces pequeñas, con ellas lo anodino se vuelve fantástico, y la ciudad se transforma en un inmenso terreno de juego.














